Vídeo participativo para el cambio social

Ian Ingelmo

1. ¿Qué entiendes por el concepto de video participativo?

En primer lugar, el término ‘video participativo’ no me gusta mucho. Fuera del ámbito de las organizaciones sociales y el mundo de la cooperación nadie lo usa y me permito dudar que las mismas organizaciones que lo usan comprendan verdaderamente su significado. Prefiero simplemente hablar de “creación colectiva” o película de creación colectiva. Una “película” (a veces obviamos este otro término al que hay que tener menos respeto a la hora de usar) de creación colectiva es aquella que tiene como origen un proceso de trabajo horizontal y en equipo, tomando mediante un proceso asambleario las decisiones esenciales de la naturaleza de la obra a lo largo de todas sus fases de producción.

2. ¿Cuáles consideras que serían las ventajas de utilizar una metodología de video participativo frente a otras?

Pues depende de cuál sea el objetivo, por supuesto. Si lo que buscamos es el intercambio entre un grupo de personas y nos importa más el proceso que el resultado, entonces las metodologías de creación colectiva son idóneas. La principal ventaja de la creación colectiva frente a la individual es precisamente el feedback constante entre los miembros del grupo. En el mismo momento que tenemos una idea, la podemos exponer y someter al juicio del grupo. Este intercambio de ideas y su correspondiente feedback ha de ser debidamente moderado en quienes no tienen el hábito de creación colectiva.

3. ¿Cuáles consideras que son las principales dificultades a la hora de abordar un proceso de video participativo? (representatividad, organización, sostenibilidad, toma de decisiones, etc.)

La principal dificultad es que no estamos educados para el trabajo colectivo y menos para la creación colectiva. Un grupo de personas sin experiencia en creación colectiva ha de ser debidamente moderado, garantizando que de cada aportación se extraigan siempre dos elementos fundamentales: uno, lo positivo. Y dos, lo mejorable. No conviene obsesionarse con la cuota de participación matemáticamente. En cada grupo humano siempre encontramos personas que adoptan diferentes roles, algunos más de liderazgo y otros más aparentemente pasivos. Yo creo que forma parte de todo trabajo en grupo y no hay que tenerle miedo a esa asunción de roles dentro del proceso asambleario y participativo. De hecho, es a menudo el facilitador/profesor quien ha de asumir ese liderazgo sensible a las aportaciones de todos y cada uno y sensible también al debate interno del grupo.

4. ¿Consiguen las experiencias de video participativo los resultados esperados? ¿Tienen suficiente impacto público?

Depende del caso. De cualquier forma creo que las organizaciones sociales que se interesan por el ámbito de la creación colectiva, y más concretamente por la realización de películas colectivas con metodologías participativas, deberían obsesionarse menos con los “resultados” y el “impacto”, a menudo constreñido a un “marco lógico” de cuestionable valor real que solo le resulta útil a un financiador y, en último término, a la organización social en la medida en que este impacto le ayuda a generar imagen “corporativa” y obtener nuevas financiaciones. Tampoco los propios participantes de un proceso de creación colectiva, ni su coordinador si lo hubiera, deberían obsesionarse con ese “resultado”. La obsesión por un resultado casa mal con el proceso, a menudo experimental, de un taller de creación, que es el contexto en donde habitualmente tienen lugar experiencias de creación colectiva o “video participativo”. Hay que aprender a valorar que las derivas inacabadas e imperfectas de los procesos de creación colectivos pueden ser unos muy loables resultados.

Dicho esto, me gustaría decir que el “impacto público” que una determinada obra producida en el marco de un proceso de creación colectiva (en un taller, en la mayor parte de los casos) puede llegar tan lejos como la obra merezca. Desde mi punto de vista, en el ámbito de los talleres auspiciados por organizaciones sociales, hay que tratar de salir de los clichés y del concepto utilitarista que, a menudo, éstas tienen del lenguaje audiovisual. Pongo por caso una experiencia que coordiné y dirigí en un taller para ACSUR-Las Segovias en Guatemala. Desde la organización nos propusieron tratar el tema “equidad de género” y realizamos la película El tanque, que ganó el premio al mejor corto documental en el Festival Ícaro centroamericano y se estrenó internacionalmente en el que es probablemente el festival de documentales más importante del mundo: el IDFA de Amsterdam. El reto fue cómo hablar de un tema así sin hacer panfletos. El video no es un útil para difundir un mensaje sino que es fundamentalmente una herramienta de conocimiento. Desde mi punto de vista, en la medida en que logramos usarlo de esta última forma, mayor puede ser el “impacto público”.

5. ¿Cómo consideras que han afectado la digitalización, el trabajo en la red y el video online a la práctica del video participativo?

Las posibilidades de creación colectiva con herramientas 2.0 abren un horizonte muy estimulante. Fruto del cual impartí, en la Escuela de Escritura Creativa Fuentetaja de Madrid, un taller en el 2011-2012 bajo el título “Escritura Creativa 2.0”, precisamente con el objetivo de explotar esas nuevas y cambiantes herramientas digitales asequibles para cualquiera y con una dinámica de creación colectiva. En fin, podría extenderme demasiado hablando sobre el tema…

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